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El mayor fraude en la historia del vino

La historia del plagio es larga y repleta de incidentes. Pintura, escultura, trajes, relojes…. Los expertos de las casas de subasta más famosas se esfuerzan por evitar el plagio de los artículos que venden. Podemos imaginar el mundo de estos expertos como algo similar a los hackers informáticos y quienes (también hackers) detectan a los primeros.

El mundo y la historia del vino no está libre de historias de plagios. Es normal. El vino es por naturaleza un producto misterioso. El líquido que se derrama en una copa puede pasar de unos pocos euros a cientos, incluso miles de euros. ¿La diferencia entre ellos? Muchos encontrarán matices de todo tipo, otros apenas unas ligeras diferencias… Pero lo que más marca la diferencia es el prestigio de una bodega, así como la añada.

Ya en época de Luis XIV en Francia, se buscaba controlar el fraude de los vinos falso que provenían (sin ser realidad) del Ródano con sellos de garantía.

El mercado del vino de colección es un mercado complejo. Un gran vino puede variar en miles de euros en su precio de una añada a otra. La tentación para el falsificador es evidente. Ésta es aún más grande si pensamos en vinos que, además de ser de unas añadas peculiares, pudieran haber pertenecido a un personaje famoso. ¿Cómo descubrir el fraude?

El mayor problema para descubrir un posible fraude en el mundo del vino está en que en ocasiones es posible que se tenga que hacer abriendo la botella… si la idea del coleccionista es mantener intacto el líquido, la simple apertura de un vino de cien años puede suponer que éste se eche a perder, lo que ofrece ciertas garantías al infractor.

La detección de fraude en botellas del vino se puede realizar de dos formas: el análisis de la botella y sus componentes (la misma botella, la etiqueta, el corcho) y el análisis del líquido. Lupas, microscopios, luces especiales….y como veremos en un instante mucho más.

Algo que debemos tener en cuenta es que el falsificador gana mucho dinero gracias a estos fraudes. Pensemos en un falsificador de vino como un verdadero experto, alguien a quien resultaría muy difícil que se la “pegaran” con un fraude. Elegante, distinguido, organiza catas propias con personajes de renombre y grandes vinos. Rudy Kurniawan es uno de estos personajes. Lo más curioso de su caso se encuentra en el sistema que utilizaba para plagiar los vinos. Tenía sus propias recetas, documentadas, para plagiar los vinos más famosos. Prueba tras prueba, mezcla tras mezcla, daba con un resultado satisfactorio a un precio mil veces más barato que el original.

El caso más famoso de fraude de la historia es posiblemente el de las botellas de vino del presidente Jefferson. Jefferson fue un gran amante del vino, y un experto en vinos de Francia. Si viajaba a Francia compraba vino, y hacía encargos de vino para el Presidente Washington entre otros.

En 1985 la casa de subastas Christies en Londres subastó un Lafite (un gran vino francés) de 1787. En la etiqueta del vino estaba la inscripción Th. J. Todo hacía indicar que se trataba de un vino de la colección del mismísimo Thomas Jefferson. ¿El resultado? El vino se vendió por 157.000 dólares. Ahí queda eso. Es evidente que para llegar a mostrar un vino en Christies el autor del fraude se ha tenido que forjar una reputación impecable. No se le abre la puerta al primero que llega con unas botellitas con una inscripción. Esto nos da una idea del trabajo que realizan estos “artistas” del fraude.

Con esta botella y su precio se abrió la veda para otras. ¿Quién podría resistir la tentación? Para el comprador se trata igualmente de un tema de orgullo: baja a la bodega de su mansión con los amigos, hace repaso de su colección en la que, sorpresa, está la joya de un vino que es parte dela historia más dorada de su país.

La liebre saltó cuando el Museo de Artes de Boston preparaba una exposición sobre los artículos de colección del señor Bill koch. Entre los artículos de su colección se encontraba una de las botellas de Jefferson. El Museo contactó con la Fundación Thomas Jefferson, donde nunca se habían sentido muy seguros de la proveniencia de esas botellas. Revisaron las meticulosas anotaciones de Jefferson, en las que no figuraba la compra de ningún vino Lafite de la añada 1787. Esa prueba no era sin embargo concluyente. Podría haber sido un regalo, o simplemente un error de anotación, o un olvido en las anotaciones, o un papel extraviado… En cualquier caso, sí era un indicio. Bill Koch no se quedó muy contento al saber que era posible que su vino no fuera realmente de Jefferson. Contrató a un investigador con gran reputación, Jim Elroy y empezó un proceso de investigación complejo.

Elroy montó un equipo de investigadores para descubrir la verdad y, en su caso, encontrar al culpable. Elroy se puso en contacto con un profesor francés, Philippe Hubert, que había trabajado en el uso del Cesio 137 para confirmar la antigüedad de un vino. El Cesio 137 es un isótopo radioactivo que no estaba presente en la tierra hasta las explosiones radioactivas de Hiroshima y Nagasaki. Accidentes como los de Chernobyl o Fukushima han reforzado esta presencia.

Esta prueba, muy sofisticada, no dio sin embargo el resultado que se esperaba. Los autores del fraude habían sido precavidos y habían introducido vino anterior a las explosiones nucleares en las botellas. ¡Es lógico pensar que si uno quiere hacer un gran fraude no va a poner un vino de la tienda de la esquina!

La investigación se dirigió a los marcas con las letras de Jefferson en las botellas. El análisis detallado de estas marcas descubrió que se habían realizado con un artilugio usado por dentistas que no existía en la época de Thomas Jefferson.

Se descubrió a los culpables. Esta parte fue seguramente la más sencilla, pues había que seguir el hilo de la venta de las botellas en las casas de subastas.

Esta historia nos deja a las claras la sofisticación de estos casos. Hay mucho dinero en juego, y las personas que perpetran los fraudes se toman muy en serio su trabajo.

Por suerte o desgracia la mayoría de nosotros no estamos expuestos a este tipo de casos pues los vinos que consumimos no “merecen” la inversión de un fraude.

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