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Historia del vino: anécdotas y curiosidades

Historia del vino: anécdotas y curiosidades

Historia del vino y sus curiosidades

La evidencia más antigua que tenemos sobre el cultivo de la uva y la fermentación supervisada de su zumo se remonta al año 6000 a.C. en el antiguo Oriente Medio. Desde entonces hasta finales del siglo XIX nunca fue una bebida glamurosa, que uno pueda tomar a sorbitos y rular en la boca antes de comentar sus deliciosos matices con los colegas. No penséis que el vino de antaño era una delicatesen, conforme a los estándares actuales, los mejores vinos eran bastante malos, y los peores qué os voy a contar: prácticamente imbebibles. Con tal de cambiarle su terrible sabor, al vino se le ha adicionado de casi todo (lo más sensatos añadían agua, hierbas o especias... pero el mundo estuvo y sigue estando lleno de insensatos… así que ¡vaya Ud a saber!)..

Al principio era bebida de chamanes por sus poderes “embriagadores” (viene de lejos lo de pillarse una buena melopea para explicar por qué pasa lo que pasa y lo que está por venir). Eso sin olvidarnos de sus efectos afrodisíacos…; también durante miles de años fue cosa de curanderos siendo empleado como una medicina y un antiséptico (ni a las bacterias de antes ni a las de ahora les gusta vivir en entornos etílicos) y también ha venido siendo una bebida de las castas superiores en la cual, como ocurre siempre, sólo “los de arriba” tenían acceso a la misma en sus celebraciones.

¿Habíamos dicho ya lo de los efectos afrodisíacos? Esto me recuerda una anécdota sobre la historia del vino: en 1251 los huéspedes la boda de Alejandro III de Escocia se bebieron el equivalente a 135.000 botellas de vino, lo justito para ayudar a deglutir los 60.000 arenques, 1.300 ciervos, 7.000 gallinas, 170 jabalíes, y las casi 70.000 hogazas de pan que los susodichos invitados de Alejandro tuvieron a bien apretarse entre pecho y espalda. Por muy tragones que fueran es de suponer que habría unos cuantos miles de invitados… Los egipcios, muchos siglos antes de convertirse al Islam y tener prohibido beber el mosto fermentado de la uva, ya tomaron buena nota de sus cosechas en las paredes de sus tumbas. Siendo además como eran, francamente muy previsores, a los faraones no les faltaron en sus enterramientos ánforas llenas de vino para que pudieran entretener a sus invitados en el más allá. Seguro que tenían pensado divertirse ellos también.

Decía un historiador que “los pueblos del Mediterráneo empezaron a emerger del salvajismo cuando aprendieron a cultivar el olivo y la vid". Lo verdaderamente curioso es que lo dijera el historiador y militar ateniense Tucídides en el siglo V antes de Cristo. Los griegos definieron como una auténtica barbaridad el atreverse a beber una cerveza o un vino sin diluir. Sin embargo, el vino tenía un poderoso efecto sobre la mente y el comportamiento y beber con idea de pillarse una buena borrachera sedujo (y sigue seduciendo aunque con algunos matices) a todos los pueblos mediterráneos y eso estaba muy por encima de los criterios que afectaban al paladar. De hecho, los griegos comerciaron con sus vinos tan lejos como pudieron: se calcula que los fragmentos de las ánforas depositadas en una zona del lecho del río Sena (norte de Francia) representan entre cinco y diez millones de litros de vino. Los vinos griegos solían fermentar en tinas revestidas con resina de pino, buscando suavizar sus calamitosas propiedades organolépticas y de conferirle una mejor y más larga conservación. Hoy día, si al catar un vino de este origen;  los vinos griegos “retsina” comparten algo del saborcillo que la resina también aportó a los vinos de sus ancestros. Los romanos, siempre tan modernos y sofisticados, eran capaces de envejecer un vino durante veinte años puesto que sellaban las ánforas con cera y las marcaban con el año, el productor, el viñedo y hasta el tipo de uva, y por poco no cumplen las Directivas de la Unión Europea. Si se les hubiera ocurrido habrían creado una Denominación de Origen para su vino más famoso: el vino blanco dulce falerno, elaborado a partir de uvas Aglianico y Greco en las laderas del Monte Falerno, cerca de la actual Nápoles.

Galeno sospechaba que había más vino falerno en el mercado del realmente producido en la zona. ¿Quién puede ahora reprochar a los italianos que pusieran olivos de cartón piedra para justificar su producción ante la UE? Lo de la competencia mal llevada viene también de aquella época: en el año 92 d.C., el emperador Domiciano decretó levantar todos los viñedos de la región de Cahors (área de Burdeos) en la que se producían unos vinos bastante exitosos en el mercado. La razón que se dio fue que el Imperio necesitaba trigo urgentemente, pero de paso se llevaron por delante a los principales competidores de las exportaciones de los vinos italianos. ¡Será por falta de suelo en el Imperio! Con Roma de capa caída, el vino siguió produciéndose masivamente en el Mediterráneo oriental (Imperio Bizantino) y por la Ruta de la Seda viajó hasta China, a la que arribó en el siglo VIII d.C.

La propagación del Islam provocó la extinción de casi la totalidad de la elaboración de vino en Oriente Medio y el norte de África. De vuelta a la vieja Europa, durante la Edad Media la calidad (por llamarlo de alguna manera) en la elaboración del vino se resintió (¡de muy mala pasó a malísima!) y el mantenimiento de la vinificación se debió principalmente a la necesidad de contar con vino en los sacramentos cristianos, de ahí que no faltara un viñedo en ningún monasterio. Tampoco faltaba en las raciones de los soldados, ya se sabía desde tiempos inmemoriales que es mucho más peligrosa un agua sucia que un vino sucio… ¡por malo que sea! Ya en el Renacimiento la cosa comenzó por un lado a refinarse un poco y por otro a liberalizarse el consumo: los responsables de los principales astilleros venecianos construyeron en 1600 una fuente de vino tinto para que sus trabajadores pudieran beber todo lo que quisieran durante la jornada laboral. No se sabe si trabajaban más, lo que es seguro es que trabajaban más contentos. En aquellos años la vid encuentra nuevos suelos en los que echar raíces al acompañar a los españoles en la sentina de sus galeones, primero a Sudamérica, siendo el actual Perú el primer territorio en contar con un viñedo y en elaborar vino. De hecho, Perú llegó a producir tanto vino en el siglo XVIII que si hoy día elaborase al mismo nivel sería uno de los productores a tener en cuenta en el mundo del vino. Y poco después llegó la vinificación a Norteamérica, donde los españoles también produjeron vino en Florida en 1564 a partir de uvas autóctonas. El clima subtropical de la zona no debió ponérselo fácil pero dicen que la motivación mueve montañas... y si la motivación es para obtener vino el Himalaya se queda pequeño. Las misiones también introdujeron el vino en California empezando por San Diego en 1769 a cargo del monje franciscano Junípero Serra. Sin embargo, la industria del vino californiano no arrancó hasta la década de 1850, una vez que la fiebre del oro finalizó y muchos buscadores sin objetivos y cuasi-arruinados decidieron enfocar sus escasas energías en plantar sus tierras con viñedos.

Hablando del siglo XVIII, con el surgimiento de las grandes monarquías europeas el comercio del vino se disparó, sobre todo hacia Inglaterra y desde Francia, donde Burdeos ya despuntaba como productor de los mejores vinos. Pero como habitualmente franceses e ingleses estaban a la gresca, los ingleses se lo tuvieron que organizar para no ser franco-dependientes. Mezclando brandy con vino la fermentación se detiene quedando más alcohol en el vino y azúcar residual, con lo que el vino sabe más dulcecito y para colmo resiste mejor los embates de la Mar Océana, de manera que el viaje desde la emergente Oporto hasta las islas Británicas ya no era un obstáculo para recibir un vino rico (riquísimo) y en buen estado capaz de competir en el mercado con un Burdeos. Hay que tener en cuenta que desde la caída del imperio romano el transporte se hacía en barricas de madera en las que el movimiento y la oxidación provocaban un excesivo envejecimiento y no pocas veces el picado del vino. Casi dos mil años antes los romanos ya se lo montaban mucho mejor con sus ánforas bien selladas, aunque a decir verdad no tienen comparación ni la longitud de los trayectos ni el oleaje del Océano Atlántico frente a los del Mar Mediterráneo. Como suele ocurrir en muchos otros campos, paradójicamente detrás de la bebida más glamurosa, al Champagne, está un hombre de Dios. Por ello no podemos abandonar este siglo sin acordarnos del célebre monje Dom Perignon, el cual desarrolló el método champenoise y también se le atribuye la idea del embotellado y taponado de los vinos tal cual lo conocemos hoy día.

Otro francés, ya en el siglo XIX, es considerado con toda justicia el padre de la enología moderna: Louis Pasteur. Ya no estamos ante un proceso que sucede porque sí, ahora todo tiene explicación: levaduras, hongos y bacterias cumplen con su misión y el hombre puede dominar (al menos en gran parte) la situación y elaborar vino atendiendo a criterios de calidad higiénica y organoléptica, aunque esto no se conseguiría plenamente hasta el siglo XX. A veces a algunos se les ve el plumero: en el siglo XIX durante una campaña de un grupo francés defensor de la abstinencia, éstos pidieron que se produjera más vino y afirmaron que estaban dispuestos a consumir dicho incremento de producción con tal de que descendiese el consumo de bebidas alcohólicas destiladas a partir de los orujos. Lógico el razonamiento: ¡para que no te lo bebas tú, me lo bebo yo! Un consejo: ¡nunca pongáis todos los huevos en la misma cesta! Muchas casas de Champagne se vieron abocadas al cierre tras la revolución rusa. El consumo del Zar y de su corte imperial era tan espectacular que copaba gran parte de la producción de la célebre región francesa. La revolución supuso ruptura de contratos, impagos y búsqueda de nuevos compradores a la desesperada. Hasta aquí la inacabada historia del vino para curiosos. Inacabada porque ahora mismo millones de personas en todo el mundo continúan escribiéndola y desde Turismodevino les estamos muy agradecidos y querríamos ganarnos un pequeño rinconcito entre todos ellos.

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