One moment …

EN ES
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Primer clasificado

Mensaje en una botella para mi suegra.


El ambiente era perfecto. El repiqueteo de la lluvia, el crepitar de los leños, la tenue luz de los candiles… Un ambiente que propiciaba las más profundas divagaciones. Cerré los ojos, llevado por aquel mar en calma. Debí de quedarme dormido, porque regresé nuevamente a mi juventud, a aquel extraño sueño que me había venido acosando desde entonces; un sueño en el que yo era un náufrago. No había nada a mi alrededor, tan solo mar y arena. Quizá un par de palmeras desmedradas, pero no lo recuerdo con tanta claridad. Lo peor era el silencio, desde luego, un silencio que me asfixiaba. Día tras día, noche tras noche la misma melodía. La melodía del silencio. Sumido en la más absoluta de las desesperaciones, até mi cordura a una botella imaginaria, en la cual introduje, de la misma y fantasiosa manera, un papelito con mis sueños y esperanzas. Hice que arrojaba la botella invisible al profundo océano azul oscuro. Y allí se perdió, bajo el agua.

Entonces desperté.

La tarde pasó lenta y perezosa. Mi mujer leía un pequeño libro a mi lado. No pude ver qué libro era.

Llegó la noche y estaba deleitándome con un vino de Navarra cuando sonó el teléfono. Me pasó el inalámbrico y me dijo: es mi madre. Dice que ha encontrado una botella con un mensaje tuyo.
Me quedé atónito. Ella aún más.

Pude escuchar mi corazón latiendo con fuerza en mi pecho. Como en aquella isla de mis sueños. ¿Acaso continuaba soñando después de tantos y tantos años?

Mi mujer sonrió, traviesa, mientras hacía como si descorchara el tapón de una botella.

 

Segundo Clasificado

La mordaza

“Estaba deleitándome con un vino de Navarra cuando sonó el teléfono. Me pasó el inalámbrico y me dijo: es mi madre. Dice que ha encontrado una botella con un mensaje tuyo…”

El silencio se hizo denso, difícil de cortar con una simple palabra.

En tropel se me vinieron todas las imágenes de golpe, aquellas que creí olvidadas cuando aliándome con la madrugada y la soledad, escribí esas cosas que gangrenan dentro, vomité letras, arranqué las tiras de piel a mi secreto y me quedé desnuda sintiéndome la mujer más desgraciada de la tierra.

Mi fachada feliz, guarda la humedad del llanto a solas y mientras él dormía, tantas y tantas veces, yo salía a respirar la noche, a respirar los sueños de los otros, a respirar el amor que me fue negado, o mejor, que me fue vendido en frasco equivocado, etiqueta con letras doradas que contenía el veneno de la mentira.

Sentada en la playa, encerrando el grito en el murmullo del agua y una vez vacía la botella que me acompañaba en mis soliloquios, decidí abrirme al mar con renglones torpes, sangrar azul reconociéndome en las orillas.

Del bolsillo de mi chaqueta saqué una carta de despedida que dejé atada a una caracola, del otro bolsillo dos páginas amargas que introduje dentro del vidrio y taponé con rabia para arrojarlo a la deriva.

No tuve valor para quitarme la vida…pero la botella con el mensaje no tenía vuelta atrás.

Tres años han pasado, la marea devuelve mi grito poniéndolo a los pies de quien le llevó en su vientre.

Hoy sabe por fin de mi condena. Me usó sólo para perpetuar la especie, tierra fértil para callar las bocas que cuestionaban su hombría.

Nació un hijo de la rabia, por él sigo respirando, perfecta razón para mi mordaza.

Ahora, mi suegra y yo, tendremos que hablar de muchas cosas.

 

Tercer clasificado

Mensaje en una botella para mi suegra

Cada semana nos veíamos a escondidas, sin poder evitarlo, sin justificarnos, sin buscar excusas para no hacerlo. No sé si lo hacía porque él siempre había sido mi perdición o porque me empujaba a ello la rutina de cada día, o tal vez era una forma de amor diferente, pero amor, de eso no tenía dudas.
Hacía más de dos años que habíamos empezado a hacerlo y nos gustaba. El día elegido para quedar me enviaba un mail con el nombre del lugar y la hora. A veces era un hotel, otras un centro comercial, un cine, la casa de algún amigo, el coche en un callejón apartado…Habíamos probado casi de todo. Él se hacía llamar Armand y me hablaba durante toda la tarde en francés. Yo mantenía mi nombre, Sofía, pero a menudo cuando follábamos él me llamaba Sophie, y aquello me llevaba a unos niveles de excitación extrema, tanto, que me convertía en una persona distinta para él, desinhibida, lujuriosa, y a él en el mejor amante que tuve nunca.

La forma de hacerlo era diferente a como lo hacía en casa, con los niños en la habitación de al lado, con los problemas propios de la vida, que con Armand, se evaporaban . Simplemente me trasformaba.

Aquella tarde, en el trastero de la casa de sus padres, después de hacer el amor como locos y mientras nos vestíamos, saqué un lápiz de ojos y escribí una nota que decía: "Señora, gracias por parir semejante semental. Eternamente agradecida, Sofía". Nos reímos los dos con la broma, y para no tirar el papel al suelo lo metí en una vieja botella que había en un rincón.
Dos semanas más tarde estaba deleitándome con un vino de Navarra cuando sonó el teléfono. Me pasó el inalámbrico y me dijo:

-Es mi madre. Dice que ha encontrado una botella con un mensaje tuyo…
Me guiñó el ojo y con una sonrisa traviesa de yo no quiero saber nada, añadió:

-A ver qué le cuentas ahora a tu suegra.


Cuarto clasificado

LA BOTELLA DEL OLVIDO

 Mi suegra tardó poco tiempo en venir a vivir con nosotros a causa de la “enfermedad del olvido”, a pesar de las lágrimas y las quejas. Ella lloraba por tener que abandonar la tierra y el pueblo. Mi marido lloraba porque la enfermedad cada día era más palmaria.

Cuando montamos a mi suegra en el coche la escena me sobrecogió; mi marido no había llorado desde que habíamos enterrado a su hermana, muchos años antes.

Los despistes habían llegado hacía mucho, aunque por aquel entonces no éramos conscientes y lo achacábamos al normal paso del tiempo. Un par de días antes de escena la vecina del pueblo nos había llamado por teléfono, casi se había rozado la tragedia. Mi suegra se había olvidado de apagar el fuego, no era la primera vez, ya habíamos contratado un seguro de hogar por la misma razón. No obstante, sí era la primera vez que echaba en el cocido lavavajillas como si fuera un condimento.

Con el paso del tiempo todo se le olvidó, y ni siquiera los pequeños trucos servían de nada: ni el diario que rellenaba por prescripción médica, ni los recordatorios que depositaba en los lugares más peregrinos, ni llenar la casa de pósits coloridos con los nombres de los objetos del hogar, la memoria se le escurría.

Un fin de semana decidimos visitar Navarra, contratamos a una cuidadora y nos fuimos a visitar la zona. “Por la noche, estaba deleitándome con un vino de Navarra” en la habitación del hotel “cuando sonó el teléfono. Mi marido me pasó el inalámbrico y me dijo: “es mi madre”. Dice que ha encontrado una botella con un mensaje tuyo”.

No sé cómo relacionó su propio mensaje conmigo, tampoco cómo me podía confundir con su hija muerta, pero hablé con ella asumiendo ese papel con entusiasmo, como si fuera lo más normal del mundo. Tras una breve charla en la que ella recordaba el nombre y profesión de mi cuñada nos despedimos hasta pronto. Mi marido me dio un abrazo lleno de agradecimiento y amor.

Luego llamó a recepción para pedir otra botella.

×

Su plan de viaje está vacío.